Usted está en : Portada : Opinión Sábado 3 de diciembre de 2005

La amarga
lección

Por Luis Solís Valenzuela.

La tragedia del lago Maihue es sólo una reiteración más de la profunda exclusión en que viven miles de chilenos. Eso no es culpa de este Gobierno, ni del pasado. Es reflejo de lo que somos en lo profundo, con nuestra filosofía de individualismo de pacotilla, el vicio nacional de postergar todo para mañana y la incapacidad de escuchar de todo chileno que de noche a la mañana se instala y se cree el cuento de ser autoridad.

Sólo podemos aprender, y esperemos que cada lección no sea escrita con sangre, que debemos ser responsables por nuestro entorno, que debemos estar atentos a los peligros que nos rodean.

Demasiadas veces he visto esas personas dominadas por la inercia, que no son capaces de mover un dedo, que se refocilan criticando y atribuyendo a otros todos los males del Universo, pero que no tienen las mínimas agallas para decir lo que piensan en el lugar adecuado.

Ellos esperan que sea el presidente de la junta de vecinos, el diputado, el alcalde, o quien sea el que solucione sus vidas, mientras toman palco y sorben tranquilamente su mate dando indicaciones que nadie les pide.

Hay una falla evidente en los procesos de toma de decisiones además. Existe en Chile, la incapacidad de renunciar al protagonismo y escuchar atentamente.

Si la mitad de este país escuchara a la otra mitad, es decir, hombres a mujeres y viceversa, por ejemplo, podría producirse una verdadera revolución.

Pero el escuchar significa abandonar los murallones erizados de púas del propio ego, dejar atrás las defensas que nos hacen sentir que estamos siendo atacados.

Implica aceptar la potencial igualdad del otro sea quien sea. Dejar atrás todo prejuicio sobre las capacidades ajenas.

He visto con demasiada frecuencia cómo el clasismo impide escuchar el conocimiento, la experiencia e ingenio de quien no tiene título profesional o algún doctorado de los que abundan para quien pueda pagarlos. El país, por esta exclusión, pierde enormes cantidades de ideas y talento productivo, es la verdadera debacle de recursos humanos que día a día nos condena al subdesarrollo.

Mientras tanto, de acuerdo a nuestro modelo oligárquico feudal, seguimos esperando que la salvación fluya de las faldas de la Michelle, del verbo eficiente de Piñera o la sonrisa de niño bueno de Lavín.

¿Cuándo confiaremos y utilizaremos nuestras propias fuerzas? ¿Cuándo dejaremos atrás esta interdicción cultural tan al gusto de la casta dirigente, que nos hace buscar gurúes iluminados, tecnócratas y salvadores?

Y sobre todo ¿cuándo seremos nosotros mismos?

 
 
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